¿Por qué cambiar tanto? – Minion Capillita

¿Por qué cambiar tanto?

 

 

 

 

¡Hola chicos! Me pongo la túnica para salir por primera vez a la calle e investigar qué está pasando en el mundo cofrade y por qué está habiendo tantos cambios sin sentido. A veces los humanos, son irracionales…

 

No sé si la palabra es ser irracional, ser vanguardista o ser “compadre”, pero parece ser que a veces poco importa una vinculación de años o el trabajo bien hecho por tal de sumarse votos a las espaldas o conseguir una rebajita en un contrato.

Todos sabemos que en el mundo del martillo existe un compadreo legendario en el cada  candidato ofrece el martillo a una persona de su confianza, normalmente con la opinión en contra de parte de los hermanos, y movido únicamente por la necesidad de cambiar por cambiar o por promesas.

Pero, ¿qué está pasando con las bandas? ¿Tan mala era Centuria en San Roque? ¿Acaso no casaba Alcalá con el palio de la Amargura? ¿El Sol resulta ser que ahora no tiene nivel para ningún paso de misterio? ¿Era necesario perder la esperanza en Santa Ana para la Madrugá?

No podemos negar que existe una necesidad de ser noticia, de alcanzar notoriedad, de dar un golpe en la mesa y de poder decir “yo fui el hermano mayor que hizo tal cosa o que cambió la banda”. Normalmente, los experimentos que mal empiezan acaban con una explosión en el momento más inesperado. Hoy en día las bandas no tienen libertad, se convierten en esclavas de las hermandades. Es cierto que las bandas están para acompañar, no para ser protagonistas, pero el trabajo de cientos de chavales no puede convertirse en moneda de cambio o en un reto que salta en mitad de la barra de un bar. Las bandas están para servir, no para ser esclavizadas.

Hay factores como la historia, la devoción, la ilusión y el esfuerzo que se echan por tierra simplemente porque los que están a la cabeza reciben las críticas de dos o tres sanedritas, que normalmente se suelen quejar por todo, de que se cambie a la banda. La solución no es echar balones fuera. La solución no puede ser nunca desprestigiar a una formación musical públicamente por redes sociales, porque aunque lo importante sean los Titulares, nunca debemos olvidarnos que la música tiene precio (muy por debajo del que debería tener), pero que lo que no tiene precio es el sentimiento que se empieza a despertar en los que año tras año acompañan a la misma imagen y que de repente se dan cuenta que son sustituidos sin un argumento sólido y racional. De siempre, este tipo de asuntos han quedado de puertas para adentro, sin necesidad de hacer una polémica televisiva en Twitter.

Ni las bandas deben pagar por tocar, ni éstas deben hacer ofertas a la baja que desprestigien su trabajo. Pero lo que tampoco se puede permitir es que las hermandades aprieten tanto que les vendan que por tocar en Sevilla, ya deberían de estar orgullosos. A esos señores habría que preguntarles si les gustaría trabajar cuatro o cinco noches a la semana (llueva, nieve o haga una calor infernal) para tocar un día, durante unas horas, y que luego…a la hora de la verdad…no te paguen por tu trabajo. Porque ese es el problema, que nos damos golpes de pecho con que la Semana Santa de Sevilla protege a su cultura y que esta ciudad es cuna de la música procesional, pero en realidad, cuando nos miramos el ombligo, solo salen pelusas de rencor, egocentrismo y populismo.

Son muchas las voces que afirman que las bandas son mejor tratadas fuera que dentro de Sevilla, y esto es una verdadera pena. Ni cualquiera vale para ser fiscal de banda (que hay que recordar que es un puesto de asesoramiento, no de dirección) ni todo el mundo está hecho para ponerse al frente de una hermandad. Ahí está la clave del asunto, que para llegar a presidir una corporación hay que hacerlo con los bolsillos vacíos de pétalos (sin buscar el reconocimiento) y simplemente servir. Si es cierto que la banda es secundaria, ¿por qué cambiarla? Si es cierto que la banda es parte de vuestro patrimonio, ¿por qué no negociáis previamente con ella? Si es cierto que la tenéis en estima, ¿por qué la cambiáis solo por temas económicos, en lugar de llegar a un entendimiento?

Estamos en un momento en el que la Semana Santa se está convirtiendo en un negocio, en una industria, que no representa a muchos cofrades. ¿Dónde queda ese legado humilde que nos transmitieron nuestros mayores? ¿Por qué se valora más a una banda que viene de Cádiz, Linares o Granada que a una de Sevilla. No somos el escaparate de la música procesional?

Lo peor es que ésto está llegando a un punto que no lo vamos a poder frenar, y que cada vez va a peor. Ahora cualquiera se cree con la potestad de decir que un cartel no tiene calidad, cómo debe ser la carrera oficial, que una banda merece ser cambiada o que un capataz no sabe mandar bien un paso. Ahora cualquiera sabe “hacer billetes”. Ahora cualquiera sabe de todo, pero en realidad, no sabe de nada.

Lo que no saben realmente es que poco a poco estamos destruyendo nuestro patrimonio…nuestra esencia. Que esas acciones mezquinas y populistas solo nos llevan a que otras ciudades como Málaga o Granada nos adelanten por la izquierda y sin freno. Sevilla no es el ombligo del mundo, y los sevillanos debemos ser conscientes de ello. Porque para ser el espejo en el que los demás se miren… primero debes mantenerlo limpio y cuidado por ti mismo.

2 comentarios

  1. Todo eso ocurre por culpa de las bandas de música, y no se puede culpar a las hermandades, estas se aprovechan de las bandas de música.
    Unos directores no saben ponerse en su sitio y otros ni saben ni pueden, y aceptan lo que deciden las juntas directivas de las bandas de música ya que tienen que llevar un sueldo a casa.
    Con independencia de esto último, la mayoría de los directores son unos “mantas” y peseteros.
    Se da una circunstancia paradójica, las bandas de música podrían tener la “sartén por el mango” y ocurre todo lo contrario.
    En fin, para que tuviera solución el primer paso es cambiar la mentalidad de los directores, deberían dignificar su profesión y de camino mandar a dónde “picó el pollo” a todos esos capillitas que no saben ni cómo se abre el maletín de un clarinete.
    JOSÉ MIGUEL TRONCOSO GUILLÉN

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