Capítulo 3: El punto de inflexión

Por Juan Avecilla.

Quizá si nos damos cuenta de que algo no va demasiado bien dentro de nosotros mismos no sería muy descabellada la idea de tocar teclas y mirarnos por dentro, hablar con nosotros mismos, buscar los fallos y junto a ellos las soluciones. Llegar al punto de inflexión.

A veces tenemos que quitarnos el polvo a nosotros mismos como a ese libro en la estantería que se deja olvidado; a veces, sin darnos cuenta vivimos por inercia, ponemos el automático y dejamos que suceda y dejamos que pasen los días y nosotros con ellos inercialmente, como si la vida tratase de poner el automático: sin disfrutar de las cosas, sin dedicarnos tiempos para nosotros mismos, sin cuidarnos ni querernos, sin ayudar a quién lo necesite.

Llega el día en que aquel libro de la estantería, a causa del descuido, coge demasiado polvo, y con él el arrepentimiento de haberlo descuidado y haber permitido que el polvo, muy poco a poco, se le fuera echando encima (entiéndase la idea que me gustaría transmitir). Darnos cuenta de esto, darnos cuenta de que nosotros somos ese libro nos debe motivar de que cuando las cosas internamente no están bien y no nos sentimos agusto por dentro, podemos dar un giro. Darnos cuenta nos debe motivar a dar ese giro

Por ello, querida lector/a, querido amigo/a que estás leyendo esto, te pido de corazón que abras los ojos, veas y analices con detenimiento que falla y solucionarlo, siempre intentar solucionarlo y hacer para que se solucione, no vivas jamás por inercia. No te descuides, no te olvides.

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